Cuento #25 - De la mano
Cuento del reto Bradbury
Más que ir, Matías se dejó arrastrar. Su madre lo tomó de la mano y lo subió al auto. En realidad, a él no le preocupaba conocer a su abuelo. ¿Por qué debía importarle? Sabía poco de su historia: abandonó a sus hijas cuando todavía eran niñas por irse con otra mujer; una pinche “bruja”. Quizá no en el sentido literal de la palabra, sino que así llamaban a la desgraciada que lo había sonsacado para abandonar a su familia.
—Pero es tu abuelo y tiene que conocerte —dijo su madre.
Ella condujo el auto en silencio. Él se aburrió a más no poder. Quería estirar las piernas, echarse en el pasto. Comenzó a preguntarse cómo sería su abuelo; quizá luciría como un viejito enojado, de esos que llevan bastón y quieren partirte la cabeza si les estorbas el paso.
—¿Cómo se llama tu papá?
—Gilberto. Y es tu abuelo —dijo su mamá con sequedad.
—¿Por qué nunca te quiso ver?
—Por ahora no le voy a preguntar.
—¿Su esposa sí es una bruja?
—Amante, es su amante. Una maldita bruja… pero no lo vayas a decir. Vamos en son de paz. ¿Entendiste?
De vuelta a casa, Matías pondría en el árbol genealógico de su cuaderno de civismo el nombre de su abuelo; tal vez hasta conseguía una foto suya. Un rostro en la multitud se volvería conocido. Por lo menos el de su abuelo ya que padre no tenía.
Se fue animando por conocerlo. Aunque eran unas ganas acompañadas de nervios. Sus manos sudaban y se restregó las palmas en el pantalón.
—¿Y me va a reconocer?
—Eres de su sangre —dijo ella—. Te reconocerá.
Se estacionaron frente a un edificio que parecía un viejito. Sus ventanas en medios arcos eran sus soñolientos ojos; la herrería eran sus pestañas grises y desaliñadas. Un espíritu atrapado en el concreto. La entrada principal era una alta reja color verde oscuro; no había caseta de vigilancia ni candado.
En Matías se esfumaron las ganas de conocer a su abuelo. Su madre lo tomó de la mano y, más que ayudarlo a cruzar la calle, fue arrastrándolo como una niña arrastra una muñeca. A Matías se le escaparon unas lágrimas de frustración, pero tampoco hizo ningún esfuerzo por soltarse.
Su madre abrió la reja verde. Cruzaron. El metal golpeó al cerrarse detrás de ellos. Subieron unos escalones desgastados por años de pisadas. Matías resbaló, pero su madre alcanzó a sujetarlo fuerte. Él hubiera preferido darse en la cara y así tener un mejor pretexto para llorar.
Su madre consultó un papelito, revisó los números en las puertas del pasillo. Subieron más escaleras, y ella revisó otras puertas.
—Aquí es —dijo al fin.
Un pasillo con papeles doblados en el suelo, como los que tiran los niños en la escuela y luego no quieren levantar.
La puerta era de madera. El barniz lucía más desgastado en la cerradura y en la base, parecía que los gatos lo hubieran arañado. Matías no supo leer el número, pero era un tres, un uno y un tres. Su madre presionó el botón del timbre: la tapa era de un metal lustroso con adornos garigoleados.
Una vieja (“bruja”) abrió apenas. Asomó un vistazo por la estrecha abertura. Matías reconoció unos cabellos largos y grises y arrugas en la cara; los ojos aguzados como los de un gato cazando una lagartija.
—¿Está Gilberto? —preguntó su madre.
—¿Quién lo busca?
—Soy su hija. Él es su nieto.
Ella lo jaló de la mano y lo puso delante. La vieja lo miró como quien trata de reconocer si un insecto va a picar. Abrió la puerta y dio un paso afuera, como para retarlos, protegiendo su propiedad.
—Está muerto —dijo la vieja—. No dejó nada, no hay herencia.
—No vine a eso.
—No dejó nada —repitió la señora.
—¿Tiene alguna foto que mi hijo pueda ver?
—No hay nada.
—¿Podemos pasar?
—Yo no sé quién es usted.
—Soy la hija del señor Gilberto. Él es su nieto.
—Si usted dice, pero yo no los conozco.
—¿Podemos pasar?
—Váyanse. Aquí no hay nada para ustedes —y les cerró la puerta.
Su madre se quedó quieta, mirando la puerta cerrada: ahora a ella se le salían las lágrimas. Más que seguirla, Matías se dejó llevar. Su madre se había rendido; lo notó en su mano, suave y delgada, que lo conducía sin fuerzas.
—Pinche vieja… —dijo su madre, entre dientes, llorando.
Bajaron las resbalosas escaleras. Matías, apenas, comenzó a entender que los habían echado sin ni siquiera recibirlos. Ahora nunca conocería a su abuelo ni en foto. Llegaron a la reja verde, su mamá abrió y salieron del edificio. A mitad de la calle, Matías se plantó como un cachorro que se niega a seguir adelante.
Su madre lo tiró de la mano, hizo fuerza para obligarlo a alcanzar el auto. Pero Matías no se movió.
—Camina… —insistió su madre y lo jaloneó.
Un auto sonó el claxon.
—No —contestó Matías.
Se había dejado arrastrar hasta ese edificio de miedo; pasó una mañana de aburrimiento para nada; habían llegado hasta la casa de la vieja y, así como así, los puso de vuelta a la calle. Matías también hizo fuerza y se opuso a los tirones de su madre. Ella lo sujetó de la playera. Él, desobediente gusano, retorció el cuerpo, se le escurrió de entre las manos y echó a correr.
—¡Matías! —oyó detrás.
Por una vez en su vida, por una vez, de entre todas las que él se había dejado arrastrar, desobedeció.
Subió las resbalosas escaleras, alcanzó la puerta del departamento. Golpeó, agitado. Su madre llegaría tras él en cualquier momento. La vieja abrió apenas. Él, sin ninguna consideración, empujó con todas sus enclenques fuerzas; la vieja lanzó un grito y azotó sobre una mesita al lado de la puerta. Matías oyó un vidrio romperse.
El departamento no era la gran cosa. Matías corrió al fondo: ahí debía estar la recámara donde su abuelo había dormido. Tenía que encontrar respuestas, alguna foto, algún rostro. Ver, explorar. Saber. Un retrato. Un recuerdo para el árbol genealógico en su cuaderno de civismo.
Abrió aquella puerta. De la habitación salió una oscuridad helada. Unas cortinas de color guinda bloqueaban por completo la luz. A sus pies notó un círculo blanco, como de sal, que sus pisadas deshicieron. Un sillón frente a una mesa con tres veladoras quemándose; y en el sillón, solitario, un anciano.
—¿Abuelo? —dijo Matías.
Del sillón se levantó el anciano. Nada del otro mundo. Cualquier persona, cualquier rostro; pero de algún modo le pareció conocido. A la entrada del cuarto llegó su madre. Matías la oyó tragar aire.
El anciano se inclinó hacia Matías. Su rostro serio sólo una máscara, pues en esa seriedad, se le escapo una sonrisa. Puso su mano en los cabellos de Matías. Una mano ligera como el aliento del aire despeinándole los cabellos.
—¡No los toques, Gil! —gritó la vieja.
Pero el anciano se arrodilló y abrazó a Matías. Volvió a levantarse y miró a la madre. Avanzó y ella también se dejó abrazar. Se vieron como dos amigos que se reconcilian después de haber discutido en el recreo. Pero fue como si su madre hubiera abrazado una nube de polvo. El cuerpo del anciano se disolvió, igual que cuando el aire desintegra el último aliento de una vela.
La vieja cayó de rodillas y se puso a llorar a gritos; agarró un puñado del polvo blanco en el piso y se quedó sola, muy sola.
—Dame la mano… —dijo su madre a Matías, y lo agarró como si obedecerla fuera un hecho. Pero Matías revolvió la muñeca y se soltó. Por primera vez, él solo, avanzó sin que su madre tuviera que llevarlo a rastras, de la mano.




Muy bueno. Esos giros de tuerca están geniales. Me gusta cuando una frase inicial toma tanto sentido en el desarrollo: "Vieja bruja", literal. Felicitaciones, tanto por el escrito, como por el reto. Saludos y gracias por compartir.
Fantástico! Felicitaciones, muy lindo cuento