Cuento #27 - Los malos deseos
Cuento del reto Bradbury
Gabriel vivía en el edificio de Magnolias. Un edificio antiguo y oscuro, pero que le gustaba por el silencio y la luz. El ventanal del estudio daba al este y en su recámara lo despertaba el amanecer. Un resplandor trazaba su ruta sobre el parqué y la alfombra bajo la mesita de centro, en la sala. Luz y silencio… hasta que una empacadora de pollos instaló un refrigerador industrial en la misma cuadra.
Semanas antes, un ruido surgía y volvía a apagarse, a diferentes horas. Después, nunca se apagó. Día y noche, sin pausa, un escándalo rotatorio hacía vibrar los cristales y forzaba su entrada por las molduras de las ventanas.
Para evitar el ruido, Gabriel intentó primero lo más básico: puso cortinas gruesas, selló los marcos, aumentó el grosor de los cristales. Hasta puso el ropero frente a la ventana. No funcionó; el ruido siguió entrando.
Se animó a probar el diálogo. Fue a la puerta de la empacadora y tocó. El vigilante abrió, preguntó el asunto y lo pasó a una sala de espera. La recepcionista tomó su nombre, teléfono, apuntó, más bien garabateó, en una libreta y dijo que lo llamaría después. Nunca pasó.
Tras aquellos fracasos, averiguó si contaba con el apoyo de los vecinos. Debían poner un alto a tal abuso auditivo. Fue abordándolos, uno a uno, en el pasillo, a media calle, tocándoles a la puerta por la mañana y a deshoras. Ninguna de las respuestas benefició su causa.
—Aquí nos tocó vivir —dijo uno.
—Pues a acostumbrarse. ¿Qué le hacemos? —dijo otro.
—No, yo no oigo nada —dijo el de al lado—. ¿Por qué no se compra unos tapones para los oídos?
Hubo quien llegó a decirle que era un exagerado; otro, que se oponía al bienestar de la colonia; uno más, que su cuñado trabajaba ahí de mecánico y mejor que ni le moviera.
Quizás, en efecto, era sólo él. Tal vez debía dejar de quejarse. Pero las noches pronto se convirtieron en una experiencia intolerable. Oía el ruido antes de dormir y le daba jaqueca. En la madrugada despertaba con sueños de taladros y ruedas de molino, con un escándalo amplificado por el silencio.
—¡Váyanse al infierno! —y, tras decirlo, los resabios de un espíritu religioso lo hicieron arrepentirse. Puso la almohada sobre su cabeza y, como pudo, trató de dormir.
Al día siguiente, pasó frente a las puertas de la empacadora. Quería patearlas, abrirse paso y obligar al dueño a recibirlo. Pero se percató de algo extraño. O fue su imaginación o un ciempiés acababa de ser succionado por un agujero en el concreto. Un agujero apenas del tamaño de una moneda. Se agachó y puso la mano encima. El agujero tenía la fuerza de succión de una aspiradora mediana. Alcanzó a escuchar el silbido del aire. Pasó una señora y se le quedó mirando de reojo. Gabriel se levantó, un poco apenado, temiendo que lo tomara por un malviviente.
Esa noche observó la calle. Un camión entró al patio de descarga. El vigilante barrió la acera. Un gato pasó por ahí y se fijó en el agujero. Se acercó, incauto, y la fuerza lo succionó por completo. Primero estaba y, de pronto, se esfumó.
Gabriel salió por la mañana a examinar el agujero. Encontró manchas de sangre alrededor. Además, se veía más grande. Pasó de tener el tamaño de una moneda a la circunferencia de un vaso, lo cual todavía era pequeño; pero ya se notaba.
Por las noches, el ruido del refrigerador continuó arruinándole el sueño. Llegó el momento en que se hartó. Salió, furioso, dispuesto a cualquier cosa, aunque llamaran a la patrulla. Tocó el timbre de la empacadora y, como no le abrieran, pateó la puerta, peor que un loco. Gritó, furioso: quería ver al dueño, en ese mismo instante. Era la una de la madrugada.
El vigilante, cauto y conciliador, salió a dar la cara.
—Usted debe entender que no soy el dueño, no hay nada que pueda hacer —le dijo—. Ahora ya somos dos los desvelados.
—¿Qué no se da cuenta? —dijo Gabriel—. Usted trabaja aquí. ¿No le molesta el ruido?
—En la vida uno tiene que acostumbrarse a todo —contestó aquél—. Sólo así nos hacemos fuertes.
“Excepto al ruido”, pensó Gabriel. Regresó a su cuarto, azotó la puerta, igual que niño regañado. Sintió como si fuera él el problema. ¿No había nada qué hacer? Claro que había. Un odio rabioso lo trastornó. Se obsesionó con vigilar esa entrada y descubrir al dueño; el rostro detrás de esa maldita decisión de instalar un refrigerador industrial en la misma cuadra de su edificio.
¿Acción legal?, no podía; a nadie molestaba tanto el ruido como a él; nadie más lo apoyaría. ¿Sabotear?, imposible. A menos que consiguiera un par de granadas, se colara a la empacadora e hiciera estallar aquellos ruidosos motores. Lo único que tenía era aquel mal deseo; con todas sus fuerzas, repitió aquello de lo que se había arrepentido:
—¡Váyanse al infierno!
Sólo ese mal deseo lo consolaba. Saber que la fuerza de una maldición podía, si no alterar la realidad, por lo menos darle la paz de un grito privado.
Siguió mirando afuera de la ventana. El vigilante se puso a barrer frente a su caseta. Al llegar al agujero por donde desapareció el gato, pasó la escoba por encima y, como si se la arrebataran, se le zafó de las manos. Se agachó para explorar el agujero y metió el brazo. Una fuerza lo jaló haciendo que se hundiera hasta el hombro. Hizo el esfuerzo por levantarse y apenas alcanzó a lanzar un grito. Seguro los huesos tronaron. Lo último que Gabriel vio fue el pie hundiéndose en el agujero.
Aquella muerte lo asustó. Corrió la cortina y fue a encerrarse a la sala. Se debatió entre llamar a la policía y quedarse callado. Encendió la televisión para ver si así olvidaba lo sucedido. Quería pocas preocupaciones en su vida; si llamaba a la policía, estaría obligado a testificar sobre algo que ni siquiera él entendía. Conociendo las argucias del sistema, seguro acabarían culpándolo por aquella desaparición y hasta la del gato.
Pensando en eso, sin saber qué hacer, se quedó dormido. Despertó con la cara empinada sobre la alfombra debajo de la mesita de centro. Su primer pensamiento fue ver el estado de las cosas. Se apresuró a la ventana. Descorrió la cortina, sin el menor pudor. Un círculo de patrullas y un camión de bomberos rodeaban el agujero. Éste se había convertido en un verdadero socavón; por lo menos tenía ya un par de metros de diámetro. Un policía se acercó al borde, traía con él un neumático. Lo meció en el aire y lo arrojó al socavón. Éste lo succionó, como un niño succiona un espagueti.
Las paredes de tierra se desmoronaron. Se extendió y, con aquella fuerza de atracción desconocida, atrapó no sólo al policía, sino a la patrulla a la que subió tratando de escapar. Las luces rojas y azules iluminaron el socavón. Se oyó la sirena. El carro se quedó un momento atorado, en suspenso; el metal del chasis se dobló y los vidrios del parabrisas estallaron. La gente gritó y se dispersó. Otro de los policías trato de alcanzar la mano de su compañero; pero acabó sobre la patrulla cuando ya el metal doblado se hundía. Ambos policías desaparecieron.
Pronto sonó una alerta. Una bocina advertía a los vecinos que salieran de sus casas. Gabriel se asomó al pasillo. Los de su propio edificio bajaron a gritos dejando atrás muebles y recuerdos.
Pero el maldito ruido del refrigerador industrial no cedía. A Gabriel el desastre del socavón le importó muy poco. Lo único preocupante era que la empacadora seguía funcionando y ese refrigerador no se callaba.
Sobrevoló el helicóptero de las noticias. Gabriel encendió la radio y escuchó la transmisión en vivo. Se oía el ruido de fondo como una licuadora. A mitad de la transmisión estalló un chirrido. El reportero gritó. Gabriel se apresuró a la ventana y miró arriba. El helicóptero daba vueltas, en descenso. Atraído por aquella fuerza, se impactó directo en el socavón; al igual que la patrulla, el metal se retorció, los cristales se rompieron y el helicóptero desapareció, con gran escándalo y gritos de los tripulantes.
Gabriel, encerrado en su cuarto, se sintió seguro. Poderoso. El socavón se extendió hacia la otra acera, hacia la empacadora. Y, por fin, sucedió el milagro. La pared de la fachada se rompió y el gran agujero se tragó ladrillos, puerta, caseta de vigilancia. Siguió creciendo. Se escuchó un escándalo, como si metieran un machete en las aspas de un ventilador metálico. Sonó una explosión. Del poste de luz salieron chispas. Los grandes motores, arrancados de sus cimientos, fueron tragados por el agujero.
Por lo menos fue lo que imaginó Gabriel. Porque desde su lugar, en la ventana, no pudo ver nada. Eso sí, tras la explosión, escuchó lo que había querido oír desde hace tantos días: el silencio.
Una somnolencia narcótica de apoderó de él. Corrió la cortina. Fue a la cama y se cubrió con su cobija. Nada le importaron gritos y sirenas. Nada le importó la fuerza que, poco a poco, arrastró su cama hacia la ventana. Gabriel sonrió. Su mal deseo se había cumplido: aquel lugar se iría al infierno. Por fin, descansaría en paz.




¡Uf! Un cuento escalofriante que te atrapa. Por fortuna, no es parte del sacavón, ¿o sí? Un nuevo reto de Bradbury superado con altas calificaciones, mi amigo. Felicitaciones.
Feliz fin de semana.
Bien logrado. El caos latente haciendo estragos. El cuento me deja esa sensación de cuestionamiento: ¿cuántas mentes generan el horror con sus malos deseos? Y siendo más coherente y sincero: ¿y mis deseos no pasan por ello?